Miles de variedades de vid

Roberto Frías
enero 19, 2016

Si nos pidieran que dijéramos el nombre de todas las variedades de vid que conocemos, ¿cuántas seríamos capaces de nombrar?  Diez, quince, veinte… Quizás, lo más avezados dirían alguna más, pero, seguramente, costaría pasar de la treintena. Pues bien, se habla de que pueden existir del orden de 10.000 variedades de vid repartidas por todas las zonas vitícolas del mundo de las que, en España, se podrían encontrar por encima de las 500, aunque cultivadas actualmente apenas se alcanza la cifra de 130, de las que 111 serían autóctonas y el resto foráneas.

Unos cuantos años antes del nacimiento de Cristo, el poeta latino Virgilio mencionaba que existían tantas variedades de uva como granos de arena en el mar. De lo anterior se deduce que, como en otros campos, en la viticultura se ha producido una simplificación en el elenco de variedades cultivadas con una pérdida ingente de diversidad genética, pérdida que, por otro lado, resulta irreparable y difícilmente cuantificable en términos económicos.

Búsqueda de mayor productividad, adecuación a los gustos de los consumidores, mayor facilidad de manejo, menor sensibilidad a plagas y enfermedades,… Son argumentos que se han esgrimido para justificar la sustitución de variedades minoritarias, autóctonas y, en ocasiones, endémicas por otras traídas de fuera, sin haberles dado la oportunidad, en la mayoría de los casos, a las primeras de demostrar su potencial enológico.

Me vienen a la memoria mis andanzas años atrás por la recóndita zona de los Arribes del Duero donde algunos viticultores me hablaban con afecto del “Bastardillo” y del “Bruñal”, variedades a punto de extinguirse y de las que sólo se encontraban algunas cepas aisladas entremezcladas en los viñedos con las mayoritarias “Rufete” y “Juan García”.  Algún bodeguero apasionado y romántico se propuso vinificar uvas en pureza obteniendo vinos con una concentración difícilmente alcanzable por el resto de variedades de la zona.

Algo similar ocurrió en Rioja con, por ejemplo, la “Maturana Tinta” rescatada de viñedos viejos en los que permanecía oculta entre las cepas de Tempranillo.  Tras unos años de investigación y experimentación fue admitida para su cultivo dentro de la D.O. Ca. Rioja ya que da lugar a vinos con una carga polifenólica difícilmente alcanzable por el Tempranillo mayoritario.

A nivel personal, mi abuelo paterno me contaba que cuando él decidía plantar un viñedo, elegía una variedad predominante pero siempre intercalaba, de forma aleatoria, cepas de otras 3 o 4 variedades diferentes porque le daban “alegría” al vino.  Ejemplo de ello es la viña de “La Pilastra”, plantada hace casi 51 años y que ya he mencionado en alguna ocasión anterior.  Si nos paseamos entre sus cepas encontramos mayoritariamente Viura (= Macabeo), pero si prestamos atención distinguiremos, también, Malvasía Riojana (= Rojal), Calagraño (= Jaino), Garnacha Blanca y alguna de cepa de otra variedad que todavía no he sido capaz de identificar.  Lo mismo ocurre en “La Trasera” donde, además de Tempranillo, veremos plantas aisladas de Graciano, Miguel de Arco y de una variedad, desconocida para mí, con la pulpa coloreada.

La mayor parte de estos viñedos viejos, que constituían un auténtico reservorio de diversidad genética vitícola, están desapareciendo “gracias” a las ayudas otorgadas por los organismos públicos para la reestructuración de viñedos.  ¡Qué error tan imperdonable!

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