Entre San Marcos y San Pedro Regalado

Roberto Frías
mayo 12, 2016

Recientemente han circulado por las redes sociales unas espectaculares fotografías de Aurèlien Ibanez tomadas en los viñedos de Chablis durante la noche del pasado 27 de abril.  En ellas se aprecian cientos de candelas que los viticultores borgoñones habían encendido dentro de sus viñedos para caldear el ambiente y así evitar que las temperaturas descendieran por debajo de 0 ºC y helaran los indefensos brotes.

(c) Aurèlien Ibanez

(c) Aurèlien Ibanez

(c) Aurèlien Ibanez

(c) Aurèlien Ibanez

(c) Aurèlien Ibanez

(c) Aurèlien Ibanez

Imágenes parecidas aparecían hace unos años en la película “Un paseo por las nubes” en la que una familia de viticultores californianos, ante el riesgo de una helada primaveral, se afanaban en encender hogueras entre las cepas a la vez que removían el aire con algo parecido a unas alas de ángel.  Pretendían mezclar el aire frío del ambiente con el calor emanado de las hogueras para tratar de mantener las temperaturas ligeramente por encima de la barrera de los 0 ºC.

Y es que estamos en la época de máximo riesgo de que se produzcan heladas.  Sobre todo en la Ribera del Duero.  En Rioja, casi casi la hemos dejado atrás, pero no hay que cantar victoria aún.  Cosas más raras se han visto.

Según la sabiduría popular, las onomásticas de San Marcos (25 de abril) y la de San Pedro Regalado (13 de mayo) suelen acotar este período de riesgo. Los viticultores antiguos, aquellos que vivían permanentemente mirando al cielo, lo tenían bien grabado en su memoria y, así, en Rioja solían decir aquello de “Marcos Marquete, vendimiador sin corquete”.  Querían, con esta expresión, reflejar la gravedad de una helada en estas fechas ya que, caso de producirse, el santo se llevaría las uvas sin apenas haber brotado.

De la misma manera, Félix, nuestro capataz en Áster, me dice, en los pueblos de la Ribera, desde siempre se le ha conocido a San Pedro Regalado como el Santo “más borracho”.  Ello es debido a que, cuando hiela por su onomástica, bebe más vino que nadie” porque al igual que San Marcos, es capaz de llevarse las uvas antes, incluso, de que se vean.

B 1607

A finales de abril, los días comienzan a alargar y el Sol sale de su letargo invernal caldeando con intensidad la superficie de la tierra y de la vegetación.  Por la noche, tierra y vegetación irradian a la atmósfera el calor acumulado durante el día enfriándose peligrosamente.  Si la temperatura llega a descender por debajo de 0 ºC, aunque sólo sean unas décimas, tendremos daños por helada en el viñedo ya que las yemas recién brotadas son extremadamente sensibles al frío.  Y con las yemas, se helarán las uvas que ya se encuentran en su interior.

Son los caprichos de estas noches de primavera que resultan verdaderamente temibles cuando el cielo queda raso (despejado y sin nubes), el viento está en calma y una oronda Luna Llena asoma morbosa para ver el luctuoso espectáculo.

Recuerdo una noche como esas en mayo del 2.004 en la que mi móvil sonó a eso de las 3 de la madrugada.  La llamada me la hacía un termómetro que tenía colocado en medio de un viñedo en plena ‘Milla de Oro’ de la Ribera y que estaba programado para que me avisara cuando la temperatura se aproximara a 1,5 ºC.  Sergio, uno de mis capataces entonces, y yo salimos para el viñedo para controlar la evolución de la temperatura.  Cuando ésta bajó a 0,5 ºC pusimos en marcha el equipo de bombeo que habíamos instalado en la orilla del Duero y comenzamos a regar el viñedo por microaspersión.  Enseguida el agua pulverizada comenzó a helarse sobre las vides formando una de las imágenes más bonitas que recuerdo.  Al amanecer, todo estaba recubierto por un casquete blanco impoluto.  Mantuvimos en marcha el riego hasta que la temperatura superó ligeramente los 0,5 ºC.  Ante tanta acumulación de hielo, nos quedaba la incertidumbre de si habríamos sido capaces de librar la cosecha de la sed de San Pedro Regalado.  Días más tarde salimos de dudas: el perito del seguro que vino a tasar los daños los cifró en el 10% frente al 80% de los viñedos colindantes.

Misión cumplida.  La noche que habíamos pasado en vela mereció la pena y la recuerdo como una de las más gratificantes de mi vida.

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