Un enclave singular, La Pedriza

Roberto Frías
julio 26, 2017

Cuando en enero de 2.013 me incorporé a La Rioja Alta, S.A. para hacerme cargo de la Dirección de Viticultura, lo primero que hice fue visitar todas y cada una de las parcelas de viñedo para hacerme cargo de su ubicación geográfica y extraer unas primeras y básicas impresiones de las mismas ya que, en invierno, con las cepas desprovistas de vegetación “se ve poco”.

Cuando le tocó el turno a “La Pedriza”, nuestra única plantación de viñedo en Rioja Baja, de Garnacha Tinta, por supuesto, en el pequeño pueblo de Tudelilla, hubo tres cosas que me llamaron la atención de forma inmediata.

Una de ellas saltaba a la vista.  En cuanto cruzamos un pequeño regato, el color del suelo y su composición cambió bruscamente y entendí, sin necesidad de explicación, por qué a aquel paraje se le llamaba así.  Me encontré ante un mar de cantos rodados que ocupaban totalmente la superficie del suelo como si hubieran sido colocados a propósito.  Apenas se veía tierra por ningún lado, sólo cantos y más cantos, de diversas formas, tamaños y colores.   “¿Cómo se habrá formado este suelo si por la zona no hay “piedras” de este estilo?”, pensé.

Los cantos rodados se originan al ser arrastrados por las crecidas de los ríos y golpearse continuamente unos contra otros y contra el lecho del propio río.  Pero por allí no pasa ninguno, tan sólo el humilde regato de Panizares, columna vertebral de La Pedriza, que sólo lleva agua cuando llueve con fuerza en la cercana Sierra de Carbonera.  No tiene entidad suficiente para tamaña obra.

Pregunté a un amigo geólogo y me contó que los cantos rodados habrían sido transportados, en tiempos geológicos pretéritos, por una red fluvial que nacía impetuosa en las estribaciones de la Sierra de Cameros (¡¡¡a más de 4 kilómetros de distancia!!!), de donde los arrancaba, hasta el entorno de La Pedriza donde los depositaba al perder velocidad formando un “glacis” o “piedemonte”. Pero no sólo hay cantos en la superficie.  Hemos hecho prospecciones llegando hasta los 20 metros de profundidad y la abundancia de ellos es una constante.

La segunda cosa que me llamó la atención era la vegetación y los cultivos de la zona: carrascas y tomillos en las laderas próximas no cultivadas y viñedo, cereal (poco) y almendros en las zonas de orografía más amable.  Estaba claro, pues, que nos encontrábamos en un ambiente típicamente mediterráneo en el que sólo eran capaces de subsistir las especies vegetales más resistentes a las altas temperaturas y a la escasez de lluvias. Vamos, el lugar idóneo para poner a prueba la rusticidad y la bravura de la Garnacha.

Hay quien ha osado plantar Tempranillo en La Pedriza, pero cuando el sol aprieta y las lluvias escasean, languidece, se mustia y se le hace el verano tremendamente largo poniendo en serios apuros la maduración de la uva. Sin embargo, la Garnacha aguanta con estoicismo y parece sentirse mucho más cómoda.  En algún verano rabiosamente seco he visto amarillear algunas hojas basales del poniente, pero aun así, ha sido capaz de tirar para adelante llevando la uva y su maduración a buen puerto.

Y por último, la tercera cosa que me llamó la atención en mi primera visita es que, a pesar de la gran extensión de nuestro viñedo, próxima a las 67 hectáreas, la nota más sobresaliente del mismo era su tremenda uniformidad.  Todas las cepas presentaban un aspecto y un vigor similar, lo que resulta un punto de partida clave para conseguir uva de calidad.

Hoy, pasados los cuatro años de mi primera visita, el “glacis” de La Pedriza y la imagen de nuestro viñedo me sigue impactando y me lleva a pensar que, desde luego, se trata de un enclave singular e irrepetible y que nuestras cepas de Garnacha están llamadas a ser una auténtica referencia. Es sólo cuestión de tiempo.

 

 

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