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¡La vendimia ha finalizado!
Hace casi mes y medio escribía en este mismo blog que estábamos llegando al final de la campaña vitícola y, valiéndome de un símil ciclista, decía que ya veíamos la meta, que ya olíamos la vendimia...pero que todavía nos quedaba algún escollo que salvar. Hasta entonces, nos habíamos librado de las amenazas del mildiu y las tormentas de pedrisco nos habían respetado, pero necesitábamos un septiembre bondadoso para que la uva pudiese completar una correcta maduración. Mi principal temor era la botrytis, la podredumbre gris, y es que había condiciones muy propicias para que se propagara de forma atroz debido a que las abundantes lluvias recogidas hasta mediados de julio habían favorecido una vegetación exuberante en los viñedos y un engrosamiento de las bayas como nunca antes había conocido. “Como llueva en septiembre con la uva negra estamos perdidos...”, no dejaba de pensar y, desde luego, nadie dábamos ni un duro por una buena maduración fenólica en la uva. Y como las “Leyes de Murphy” siempre se cumplen, llovió en nuestros viñedos. Un poco entre los días 4 y 9 de septiembre y otro poco el día 17 (en algunos lugares, en esta fecha, cayó el mar). Poca cantidad, la verdad sea dicha, pero lo suficiente como para fastidiar el cotarro. Tan pronto dejó de llover vimos florecer los primeros focos de botrytis que nos hicieron presagiar lo peor. La cosa parecía ir en serio tanto que, tras dar una vuelta por los viñedos con Julio, nuestro enólogo, nos planteamos comenzar a vendimiar la semana siguiente. “Más vale la uva poco madura que podrida”, era el argumento. Pero el tiempo cambió radicalmente (¡No somos nada aunque creamos lo contrario!), la atmósfera se estabilizó y la madre Naturaleza nos regaló 21 días de esos que decimos “de libro”. Sol, viento del Norte y Noroeste y noches fresquitas se fueron sucediendo a la vez que la uva maduraba rápidamente y alcanzaba su plenitud. De los focos incipientes que veíamos de botrytis semanas atrás no quedaba más que el recuerdo en forma de unas cuantas pasas (podredumbre noble). “Septiembre manda”, suelen decir los viticultores clásicos y así ha sido una vez más. Lo que más me llamaba la atención es que, si bien la concentración de azúcares en las bayas aumentaba con pereza, la de polifenoles (antocianos y taninos) lo hacía muy rápidamente hasta alcanzar niveles inimaginables unas semanas antes, más aún, teniendo en cuenta el gran tamaño de los granos de uva. Pero lo mejor de todo es que no sólo había color y taninos en cantidad, es que, además, éstos últimos resultaban muy maduros y dulces en las catas. Ahora, tras los primeros descubes, lo que se atisbaba en las uvas, queda patente en los vinos. En todos, tanto en los de Ribera del Duero (Áster) como en los de Rioja (La Rioja Alta, SA y Torre de Oña). Hay color, mucho color, aromas frutales francos e intensos y taninos amables y maduros unidos a una buena acidez y a un grado alcohólico más comedido que en campañas anteriores. En definitiva, los mimbres que los vinos de nuestra casa precisan para "soportar" las largas crianzas por las que han de pasar antes de salir al mercado. A mí, en algunos aspectos, esta cosecha 2.018 me recuerda a la del 2.001. Algunos me tachan de pretencioso. ¡Ojalá se equivoquen y el tiempo me dé la razón!

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