FACTORES DE CALIDAD

¡La vendimia ha finalizado!

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, VENDIMIA
29/10/2018

Hace casi mes y medio escribía en este mismo blog que estábamos llegando al final de la campaña vitícola y, valiéndome de un símil ciclista, decía que ya veíamos la meta, que ya olíamos la vendimia…pero que todavía nos quedaba algún escollo que salvar. Hasta entonces, nos habíamos librado de las amenazas del mildiu y las tormentas de pedrisco nos habían respetado, pero necesitábamos un septiembre bondadoso para que la uva pudiese completar una correcta maduración.

Mi principal temor era la botrytis, la podredumbre gris, y es que había condiciones muy propicias para que se propagara de forma atroz debido a que las abundantes lluvias recogidas hasta mediados de julio habían favorecido una vegetación exuberante en los viñedos y un engrosamiento de las bayas como nunca antes había conocido. “Como llueva en septiembre con la uva negra estamos perdidos…”, no dejaba de pensar y, desde luego, nadie dábamos ni un duro por una buena maduración fenólica en la uva.

Y como las “Leyes de Murphy” siempre se cumplen, llovió en nuestros viñedos. Un poco entre los días 4 y 9 de septiembre y otro poco el día 17 (en algunos lugares, en esta fecha, cayó el mar). Poca cantidad, la verdad sea dicha, pero lo suficiente como para fastidiar el cotarro. Tan pronto dejó de llover vimos florecer los primeros focos de botrytis que nos hicieron presagiar lo peor. La cosa parecía ir en serio tanto que, tras dar una vuelta por los viñedos con Julio, nuestro enólogo, nos planteamos comenzar a vendimiar la semana siguiente. “Más vale la uva poco madura que podrida”, era el argumento.

Pero el tiempo cambió radicalmente (¡No somos nada aunque creamos lo contrario!), la atmósfera se estabilizó y la madre Naturaleza nos regaló 21 días de esos que decimos “de libro”. Sol, viento del Norte y Noroeste y noches fresquitas se fueron sucediendo a la vez que la uva maduraba rápidamente y alcanzaba su plenitud. De los focos incipientes que veíamos de botrytis semanas atrás no quedaba más que el recuerdo en forma de unas cuantas pasas (podredumbre noble). “Septiembre manda”, suelen decir los viticultores clásicos y así ha sido una vez más.

Lo que más me llamaba la atención es que, si bien la concentración de azúcares en las bayas aumentaba con pereza, la de polifenoles (antocianos y taninos) lo hacía muy rápidamente hasta alcanzar niveles inimaginables unas semanas antes, más aún, teniendo en cuenta el gran tamaño de los granos de uva. Pero lo mejor de todo es que no sólo había color y taninos en cantidad, es que, además, éstos últimos resultaban muy maduros y dulces en las catas.

Ahora, tras los primeros descubes, lo que se atisbaba en las uvas, queda patente en los vinos. En todos, tanto en los de Ribera del Duero (Áster) como en los de Rioja (La Rioja Alta, SA y Torre de Oña). Hay color, mucho color, aromas frutales francos e intensos y taninos amables y maduros unidos a una buena acidez y a un grado alcohólico más comedido que en campañas anteriores. En definitiva, los mimbres que los vinos de nuestra casa precisan para “soportar” las largas crianzas por las que han de pasar antes de salir al mercado.

A mí, en algunos aspectos, esta cosecha 2.018 me recuerda a la del 2.001. Algunos me tachan de pretencioso. ¡Ojalá se equivoquen y el tiempo me dé la razón!

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¡Ya vemos la meta!

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, LAS 4 ESTACIONES, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
12/09/2018

Como un puerto de montaña de categoría especial -ahora que La Vuelta pedalea sin cesar- está siendo la presente campaña vitícola.  Dura, correosa, sacrificada, costosa y hasta penosa en algún caso.  Pero ya vemos el final y la meta la tenemos al alcance de la mano.

Si la campaña pasada estuvo marcada por la tremenda helada del día 28 de abril, que llevó al traste el 60% de nuestra cosecha potencial, la presente lo ha estado por las abundantes lluvias y por las fuertes tormentas ocurridas en los meses de junio y julio que vinieron acompañadas, en algunos casos, de pedrisco.  Afortunadamente, el granizo no nos ha robado muchos kilos pero sí que nos ha dejado las uvas un poco feas en algunas parcelas.

Y como la naturaleza se empeñaba en traernos este año una climatología más atlántica que mediterránea, también trajo consigo una enfermedad que normalmente suele traer a mal andar a los viticultores que cultivan viñedos próximos al mar y no tanto a los de tierra adentro.  Me refiero al mildiu.

Las lluvias de mayo y principios de junio ya hicieron temer lo peor, máxime teniendo en cuenta que los viñedos no estaban protegidos porque estábamos disfrutando de una primavera muy bonancible.  Las temperaturas muy suaves e, incluso, más bajas de lo habitual se convirtieron en nuestro mejor aliado impidiendo que no aparecieran síntomas de la enfermedad.  Pero el enemigo andaba acechando sigilosamente y, en cuanto tuvo ocasión, atacó con una severidad inusitada y desconocida en nuestras latitudes llevándose por delante la producción de algunos viticultores que se habían confiado en exceso porque no encontraban las típicas “manchas de aceite” en las hojas.

Por suerte, las lluvias pararon el día 13 de julio y durante 40 días no volvieron a hacer acto de presencia.  Este hecho, unido a una correcta planificación de los tratamientos fitosanitarios y a unos arduos, intensos y continuos trabajos de manejo de vegetación ha permitido que, en nuestra casa, hayamos llegado a estas alturas de año sin mermas en la producción y con una uva totalmente sana.

Hoy mismo, día 12 de julio, concluiremos los trabajos de aclareo de racimos en las parcelas más tardías y ya no nos quedará otra cosa que esperar a que llegue el momento de iniciar la vendimia.

Me gusta la uva de nuestros viñedos y me transmite buenas sensaciones pero necesitamos, como ‘agua de mayo’, que el tiempo acompañe para que madure en condiciones y podamos escoger el momento idóneo de vendimia en cada parcela.  Si ésto ocurre, entonces sí que levantaremos los brazos en señal de victoria porque habremos alcanzado la meta.  Por el momento…. sólo la vemos.

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Entre el vaso y la espaldera

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, LAS 4 ESTACIONES, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
21/06/2018

La vid es un arbusto que se comporta como una enredadera.  En condiciones silvestres no forma un tronco diferenciado y no tiene capacidad para sostenerse por sí misma. Necesita algún tipo de soporte al cual amarrarse y por el cual poder trepar para conseguir que, en el sotobosque, sus hojas puedan llegar a captar la luz solar.  En este sentido, le ocurre algo parecido a la hiedra o a las lianas que empleaba Tarzán para desplazarse por la selva de árbol en árbol.

En alguna zona de Italia, todavía quedan resquicios de vides cultivadas que se plantaban al lado de árboles (olmos, arces, álamos y fresnos principalmente) para que éstos les sirvieran como tutor.  “Testuccio” se le denominaba a esta tipología de cultivo y constituyó el fundamento de la viticultura etrusca con vides de muchísimo desarrollo propia de zonas lluviosas y frescas. Obviamente, el cultivo de la vid en tales condiciones resultaría tremendamente costoso y las producciones obtenidas seguramente serían de calidad dudosa por el ambiente sombrío en el que se desarrollarían los frutos.

Con el fin de solventar estos problemas, a lo largo de miles de años de cultivo, el viticultor ha ido domesticando a la vid hasta conseguir darle un aspecto característico típico de cada zona vitícola que permitiera compatibilizar los hábitos de crecimiento de la planta con los requerimientos de un cultivo racional. Dicho de otra manera, la vid ya no es tanto una enredadera sino, más bien, un arbusto con un crecimiento dirigido y modulado y con un desarrollo vegetativo forzado a ocupar un espacio más o menos reducido.  De alguna manera, le “hemos cortado las alas” para someterla a nuestra voluntad. Y según como “le hayamos cortado las alas”, la vid adquiere una forma u otra y se conduce en uno u otro sistema. Dado el carácter tan maleable de esta especie, casi se puede decir que cada uno de nosotros podríamos diseñar un sistema de conducción y de formación del viñedo particular.  En principio, no habría más límites que los que nosotros quisiéramos respetar.

Comenzando por los sistemas de conducción más simples, en primer lugar estaría el conocido como “Vaso” en España, “Gobelet” en Francia, “Alberello” en Italia o “Arbolito” en Argentina y Chile.  Es un sistema en el que las plantas no se apoyan sobre ningún tipo de soporte artificial, a lo sumo, un pequeño tutor al que amarrar el tronco.  La forma de la planta la va modulando el viticultor a medida que, año a año, la va podando.  El resultado final es una estructura con aspecto de candelabro más o menos compleja, que permite que las plantas se desarrollen en las tres dimensiones del espacio. Los vasos son sistemas de formación que se adaptan bien a suelos poco fértiles, donde la planta no presenta un desarrollo vegetativo desmesurado, y apropiado para variedades tipo Tempranillo que se adaptan a podas cortas (pulgares). 

Pero no toda la viticultura mundial se asienta sobre suelos poco fértiles ni todas las variedades tienen unos hábitos vegetativos y productivos similares a los del Tempranillo.  Se hacen necesarios, pues, otros sistemas de conducción y poda que se adapten a otros requerimientos y aquí, la cosa comienza a complicarse desde un “Doble Cordón Royat” en el que a las plantas se les obliga a adquirir una forma artificial en T y en el que todos sus brotes quedan situados dentro de un plano vertical limitado por tantos postes y alambres como se considere necesario hasta un complejo “Parral” típico de Rias Baixas y perfectamente adaptado a los caprichos del Albariño.

Y como ocurre con otros aspectos de la viticultura y de la vida misma, no hay un sistema de conducción que sea mejor que otro.  Depende de las circunstancias (suelo, clima y variedad) de cada zona y de los objetivos productivos y enológicos que se persigan.  Lo importante es elegir bien y más aún, acertar en la elección.

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Una incursión en la viticultura ecológica

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, I+D, LA VOZ DE LA FINCA, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
26/03/2018

Reconozco que, desde que empecé a dedicarme a la viticultura de forma profesional hace 21 años hasta hoy, he ido evolucionando en mi forma de entender las cosas. En ocasiones, incluso he llegado a arrepentirme de alguna decisión que tomé en el pasado y que, en su momento, me parecía razonada y hasta razonable. Me importaba muchísimo el viñedo en sí pero no tanto lo que le rodeaba: entorno, paisaje, ambiente, cursos de agua, árboles, fauna y flora autóctona, suelo, topografía, setos, ribazos, edificaciones antiguas, etc.

Hoy en día me importa y me preocupa todo muchísimo porque considero que el viñedo debe considerarse como un verdadero ecosistema y no como un conjunto de vides inconexo.

Diría yo que, de alguna manera, he virado hacia lo “verde” hasta tal punto que los criterios de sostenibilidad, la conservación del patrimonio natural y la obtención de una uva sana y saludable constituyen gran parte de mis principales preocupaciones.

Hace ya unos cuantos años, casi todos los que nos dedicábamos a actividades agrícolas nos comportábamos un poco como depredadores no tolerando la presencia ni de vegetales ni de animales que pudieran suponer el más mínimo peligro para nuestras vides y nuestras uvas o que pudieran ocasionarles algún tipo de competencia por pequeña que fuera. En los viñedos sólo se veían cepas y nos gustaba tenerlos totalmente limpios y desprovistos de vegetación espontánea. Para ello, el laboreo era continuado y la aplicación de herbicidas hasta desmesurada. En cuanto a plagas y enfermedades, eran totalmente proscritas y en cuanto se detectaba su presencia, por ligera que fuera, cargábamos la artillería (=fitosanitarios) y a por ellas. Queríamos tener todo impoluto y quien no lo tuviera no era considerado buen viticultor. Así era la viticultura INTENSIVA o convencional.

Poco a poco se fue avanzando y se dejó de lado la viticultura convencional para dar paso a una viticultura RAZONADA. Comenzó a hablarse, a partir de entonces, de los “umbrales de tratamiento”, es decir, se comparaba el coste económico de la aplicación de un producto fitosanitario con la pérdida de cosecha que pudiera ocasionarse caso de decidir no aplicarlo. Si la pérdida superaba al coste del producto y su aplicación, se aplicaba. En caso contrario no.

Pero en la comparativa de costes sólo se consideraban los de índole económica. No se tenían en cuenta otro tipo de costes como pudieran ser los medioambientales o los relativos a la salubridad de los productos obtenidos (uvas y vino) y a la del personal que trabajaba en los viñedos o del que andaba por las proximidades.

Se avanzó un poco más y surgió el concepto de viticultura INTEGRADA, es decir, el manejo del viñedo como un ecosistema integral. No están prohibidos los productos fitosanitarios pero se emplean con conocimiento de causa, por personal adiestrado, en dosis y momentos adecuados y cuando no exista otra alternativa posible más inocua. En este contexto, se consigue reducir muchísimo el consumo de fitosanitarios convencionales y su impacto negativo, pero se siguen utilizando. Cierto es que los que van quedando o los nuevos que se desarrollan son, cada vez, de perfil menos agresivo. Además, existen alternativas biotecnológicas para el control de ciertas plagas que permiten no tener que recurrir, por ejemplo, a insecticidas. A modo de ejemplo de estas alternativas que venimos empleando desde hace unos años podemos citar la confusión sexual para el control de la polilla del racimo en Rioja y de la cochinilla algodonosa en Rías Baixas y la suelta de insectos depredadores de otros insectos parásitos.

En este contexto de viticultura integrada, el mantenimiento del suelo con cubierta vegetal constituye una técnica ventajosa ya que permite aumentar la biodiversidad (vegetal y animal) dentro de los viñedos y conocido es que a mayor diversidad, menor es la sensibilidad de los ecosistemas a cualquier agresión externa. Pues bien, atendiendo a estas premisas, algo más del 30% de la superficie total de nuestros viñedos la mantenemos actualmente con cubierta vegetal, permanente o temporal.

Pero queremos avanzar un poco más y, para ello, este año manejaremos un par de parcelas siguiendo las pautas de la viticultura ECOLÓGICA. Hemos elegido para tal fin una parcela de 6 hectáreas en Rioja, concretamente en nuestro viñedo “La Pedriza” (Garnacha Tinta) y otra de 10 en Ribera del Duero en nuestro viñedo “Áster” (Tempranillo). Además de lo comentado en el caso de la viticultura integrada, pretendemos no emplear ningún producto fitosanitario de síntesis, ni herbicidas, ni acaricidas, ni fungicidas ni insecticidas. Recurriremos exclusivamente a cobre y azufre para el control de mildiu y oidio respectivamente y a extractos de hongos, algas y vegetales para otro tipo de patologías. Obviamente, caso de necesitar aplicar algún fertilizante, será de tipo orgánico.

Pretendemos aprender y ver cómo repercute en nuestros viñedos, uvas y vinos la no utilización de productos fitosanitarios convencionales.

Seguro que va en beneficio de todos.

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Apuntes sobre la “mineralidad” en los vinos

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, VINOS CHATEAUX
7/02/2018

En un post de mayo de 2.014 apuntaba que se citaba en la bibliografía que los antiguos frailes benedictinos franceses decidían en qué pagos plantar sus viñedos en base a las impresiones extraídas tras catar la tierra de los mismos.  Pensaban que si las sensaciones gustativas y aromáticas del terreno eran satisfactorias, también lo serían la de los vinos obtenidos de cepas plantadas en el lugar.

Quizás, sin saberlo, los frailes estaban haciendo referencia a un concepto que se comenzó a utilizar a discreción varios siglos más tarde y que es, ni más ni menos, que el de la “mineralidad” de los vinos.

Allá por la década de los años 80 del pasado siglo, Robert Parker percibió sensaciones a “piedra húmeda” en un vino.  De ahí al concepto de “mineralidad” el salto resultó inmediato y todo el mundo comenzó a valorar de forma muy positiva la percepción de este tipo de matices en los vinos aunque no estuviera demasiado clara su definición.  Eso sí, los vinos catalogados como “no minerales” parecían quedar un tanto desprestigiados y minusvalorados por su achacada simplicidad.  ¿Fruta versus mineralidad?

Hay quien trata de encontrar -y así lo defiende- un origen geológico o edafológico en las sensaciones minerales que se aprecian en algunos vinos.  Se habla de sabores y aromas a pizarra, sílex, grafito, yeso, pedernal, etc. que, con frecuencia, se encuentran en los suelos.  La relación pudiera parecer evidente, pero, desde el punto de vista fisiológico no lo es tanto y, quizás, ni siquiera exista.  Ello es debido a que la vid, como cualquier otra planta, basa su nutrición en la absorción desde el suelo de elementos (cationes y aniones) muy simples disueltos en el agua.  Nitrógeno, Fósforo, Potasio, Calcio, Magnesio, Azufre, Hierro, Cobre, Boro, Molibdeno, Manganeso y Zinc son los más importantes.  Dicho de otra manera, no absorbe moléculas complejas como pudieran ser las responsables de los matices minerales que a veces encontramos.

Así, pues, las sensaciones de “mineralidad” que algunos tanto aprecian parecen estar más relacionadas con la actividad de las levaduras durante el proceso de la fermentación, con el tipo de elaboración que se practique en bodega y con las características climáticas de cada añada que con la composición mineral del suelo.

En cualquier caso, me da la sensación de que se da una cierta paradoja en este asunto. Por un lado existe total unanimidad en el hecho de considerar a los suelos menos fértiles y, por consiguiente, con menor riqueza mineral, como los más adecuados para la producción de uva de calidad.  Parece lógico pensar que estos suelos darían lugar a vinos “poco minerales o menos minerales” y, por lo tanto, a juicio de muchos, menos complejos y menos cualitativos que otros elaborados a partir de uvas producidas en suelos más fértiles.

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La cosecha que vino del hielo

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, LAS 4 ESTACIONES, PERSONAS, VENDIMIA
25/10/2017

Hace 21 días que terminamos la vendimia y, con gran parte de los depósitos descubados, es hora de hacer el primer balance de esta extraña campaña.

Ha pasado el tiempo, pero el acontecimiento que todos tenemos aún en la mente es la helada que arrasó miles de hectáreas de viñedo en la mitad norte de España, desde Galicia hasta La Rioja.  La onomástica de San Prudencio (28 de abril) será recordada como fatídica durante muchísimos años. Pues bien, esta helada, junto con la extenuante sequía, marcó el devenir de la presente añada.

Además de la pérdida de producción debida a que San Prudencio se empeñó en adelantar la vendimia más de cinco meses, la helada indujo una tremenda heterogeneidad en el desarrollo del viñedo.  Tan es así, que, en una misma planta podían coexistir racimos en floración con otros con los granos del tamaño de un guisante y, más adelante, racimos con una maduración muy avanzada junto a otros que comenzaban a enverar.  La incertidumbre era manifiesta y las decisiones que en cada momento había que adoptar en relación con el manejo difíciles de precisar ya que, afortunadamente, estas situaciones sólo ocurren muy esporádicamente y uno no está habituado a lidiar con ellas.  Y todo ello unido a un estado anímico de total desmoralización ante unas expectativas de producción extremadamente rácanas.

Con estos mimbres, hubo quien decidió arrojar la toalla y rendirse anticipadamente, cosa que, a priori, podía resultar entendible: mucho gasto para poca uva.

Otros se refugiaron en aquello de que “lo que mal empieza, mal acaba” y consideraron que no merecía la pena seguir peleando por esta cosecha y que lo mejor era darla por perdida y dejar pasar el tiempo a la espera de la siguiente.

En nuestra casa, sin embargo, decidimos coger el toro por los cuernos y optamos por seguir manejando nuestros viñedos como si nada les hubiera ocurrido.  Eso sí, había que hacer de tripas corazón para no caer en el desaliento ya que el trabajo desarrollado y el dinero gastado lucían poco. 

A día de hoy, la realidad demuestra que hemos acertado plenamente: hemos tenido un nivel de producción discreto pero razonable, nuestro viñedo ha recuperado muy bien la vegetación perdida, podremos efectuar una poda casi casi normal y, lo que es más importante, Julio, nuestro enólogo se muestra muy satisfecho con la calidad de los vinos obtenidos.

La clave de esa buena calidad hay que buscarla en las atenciones prestadas a nuestros viñedos durante toda la campaña (¡¡¡como si no se nos hubieran helado casi 300 hectáreas!!!) y en la bondad de la climatología de la última semana de agosto y de todo el mes de septiembre.

A finales de agosto cayeron sobre 50 mm de lluvia que permitió que la uva ganara algo de peso y que las vides se reactivaran ya que la persistente sequía las estaba extenuando.  Hasta entonces se vislumbraba en la uva bastante color y grado de alcohol probable elevado, pero los polifenoles de calidad no aparecían por ningún lado.  La uva tenía por fuera un intenso color negro pero por dentro estaba completamente verde.

Pero llegó septiembre y las temperaturas se suavizaron.  Dejó de llover -a la uva madura no le gusta el agua-, comenzó a arreciar el Cierzo, el termómetro descendió considerablemente durante la noche y el ambiente se tornó hostil para el desarrollo de la temida botrytis.  ¿Qué más podíamos pedir? El grado alcohólico se atemperó y la uva comenzó a acumular color, taninos nobles y aromas limpios e intensos que luego fueron pasando al vino.  En fin, una muy buena calidad.

Así, pues, visto el percal, ahora echamos la vista atrás y no nos arrepentimos en absoluto de las decisiones tomadas. Está visto que no siempre lo que mal empieza, acaba mal.

Y, para muestra, un botón.

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En la línea de salida…

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, LAS 4 ESTACIONES, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
7/09/2017

En Rioja ya comienza a “oler” a vendimia.  Desde el pasado mes de febrero ya comenzó a hacer algo más calor de lo habitual, pero fue en marzo y mayo cuando las temperaturas fueron ostensiblemente más altas de lo que pudiera considerarse como normal.  El ciclo vegetativo se aceleró y las vides comenzaron a “trabajar” a marchas forzadas llevándonos hasta la situación actual en la que el adelanto en el estado fenológico, en relación con el año pasado, oscila en nuestros viñedos entre dos y tres semanas.  Tan es así, que tenemos previsto iniciar la vendimia de Tempranillo el próximo lunes día 11 de septiembre en nuestro viñedo “Los Cuartos”.  Como comparativa, sirva decir que el año pasado comenzamos la vendimia en este mismo viñedo el día 29 del mismo mes. Finalizada vendimia en Los Cuartos continuaremos en Montecillo que, también, “está llamando a la puerta”.

A priori, si el tiempo lo permite, da la sensación de que va a ser una vendimia larga en el tiempo pero corta en cantidad.  Larga en el tiempo porque va a haber que esperar a que la uva surgida en los viñedos afectados por la helada del pasado 28 de abril madure en condiciones.  Corta en cantidad porque la fertilidad de nuestras plantas -número de racimos y tamaño de los mismos- es ostensiblemente inferior a la de la cosecha 2.016 y porque la recuperación de producción en los viñedos helados ha sido discreta.  Aun así, nuestras expectativas de producción han mejorado un poco tras los 50 mm de lluvia recogidos a lo largo de la semana pasada.

En cuanto a calidad, tras los análisis ya realizados y las catas de uva efectuadas, la cosa apunta bastante bien, pero falta ver cómo es el remate final de la maduración para lo cual va a resultar clave la meteorología.  En principio, los pronósticos parecen buenos ya que no se anuncian lluvias y las temperaturas van a ser suaves y moduladas por viento del Norte.

En Ribera, la situación es algo similar a la de Rioja pero con un adelanto sensiblemente mayor debido a que la producción de nuestro viñedo es muy baja consecuencia de  la helada del 28 de abril.  Mañana procederemos a hacer los primeros análisis de maduración y tendremos datos más concretos, pero, por lo que se ve…. en poco está.

 

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Una madrugada aciaga

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, LAS 4 ESTACIONES, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
29/05/2017

Desde siete u ocho días antes, los hombres -y mujeres- del tiempo venían pronosticando temperaturas mínimas para los días 27 (Nuestra Señora de Montserrat) y 28 (San Prudencio) de abril de hasta -2 ºC en Rioja y -3 ºC en la Ribera del Duero.  Mirando el verdor de los pámpanos de las cepas y contando los racimos que ya eran bien visibles en Rioja, pensábamos todos y deseábamos… “¡Ojalá se equivoquen como hacían antes”!

 La Virgen nos libró el primer día.  Madrugué para viajar a Madrid y en ningún punto del trayecto la temperatura descendió por debajo de los 2 ºC.  Además, veía que las ramas de los árboles se movían zarandeadas por el viento, el mejor aliado del viticultor en noches de riesgo de heladas.  “Parece que vamos a librar”, iba pensando.  En cuanto se hizo de día llamé a Félix, nuestro capataz en Áster, para ver cómo había sido la noche por la Ribera.  “Por hoy, hemos librado”, me dijo con tímida satisfacción.

Foto de nuevacuatrouno.com

Pero San Prudencio fue implacable.  Cuando regresaba entre dos luces de Madrid, al pasar por Aranda de Duero el termómetro del coche marcaba ya tan sólo 1ºC, el cielo estaba completamente despejado y además había una total quietud en la atmósfera.  “Mal pinta ésto”, pensé, “pero bueno, Eolo es caprichoso y quizás le dé por soplar”.  Pero en esta ocasión no le dio por esas.

Toda la noche estuve aguzando el oído tratando de escuchar el sonido de un viento protector, pero por mucho que me esforzaba no oía nada.  Todo era calma.

En cuanto me levanté, bastante antes de lo habitual, escudriñé Internet para ver qué temperaturas habían registrado las estaciones climáticas más próximas a nuestros viñedos.  Tan sólo la de Ausejo, cercana a La Pedriza, marcaba valores positivos.  En las demás de Rioja (Rodezno, Cenicero, Haro, Labastida y Páganos) se veían valores negativos y en la de Áster, muy negativos.

Aún así, todavía  albergaba alguna esperanza: “¡Que no salga el sol, que no salga el sol!”.  Pero, en esta ocasión, Lorenzo tenía prisa por salir y parecía quererse levantar más rápido que lo habitual.  Y a medida que se levantaba, los pámpanos ennegrecían y doblaban la cabeza.  De camino a Haro, desde la carretera ya se vislumbraba el desastre, especialmente en cuanto crucé el río Najerilla.

Foto de martinezcarra.es

Llamé a todos nuestros capataces y poco a poco me fueron dando el parte de guerra:

-Pedro me decía: “En La Pedriza hemos librado”.

-Vicente comentaba: “En La Cuesta y en El Chaparral no veo nada helado. En Montecillo, algún pámpano salteado”.

-Richard apuntaba: “En algunos rodales de Los Cuartos ha pegado fuerte. En La Santa y en Las Laderas, poca cosa”.

-Calisto me escribía por whatsapp: “En las hondonadas de Torre de Oña ya hemos vendimiado”.

-Floren se resignaba: “En todas las parcelas de Rodezno y de Labastida se ve mucho helado pero pienso que en breve se verá mucho más”. Acertó en el pronóstico.

-Félix, más acostumbrado a estos bretes, me contaba con aplomo castellano: “Toda la Ribera está arrasada. No recuerdo nada igual”.  Obviamente, Áster corrió la misma suerte.

Foto de noticiasdelarioja.com

Al cabo de unas pocas horas, los viñedos más afectados estaban, como decía uno de mis abuelos, “como una boina” por lo negro de los pámpanos.

A día de hoy, casi un mes después, en muchos viñedos, especialmente los más jóvenes y pujantes, comienza a verse “algo de luz” aunque es un espejismo, ya que hay vegetación, pero muy poca uva.  Pero bueno, nos conformaremos si, finalmente, podemos contar con brotes de cierta calidad sobre los que podar en el próximo invierno.

Las viñas más viejas lo están pasando muy mal y algunas cepas no son capaces ni de retoñar.  Veremos qué les ocurre a estas joyas en peligro de extinción.

A partir de ahora y durante varios años no quedará otra que trabajar (y gastar) mucho para tratar de recuperar la arquitectura de las plantas y sus estructuras productivas.  La nueva uva que pueda surgir esta campaña, escasa, vendrá por añadidura.   Quizás sea lo que menos importe en estos momentos

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Cubierta vegetal en el viñedo

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CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, LAS 4 ESTACIONES, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
24/04/2017

¿Qué es eso de cubierta vegetal en el viñedo?, se preguntará más de uno. ¿Para qué sirve?, pensará algún otro.

Pues bien, vamos a tratar de aclarar un poco este asunto.

Cuando en el viñedo hablamos de ‘cubierta vegetal’ nos estamos refiriendo a un sistema de mantenimiento del suelo consistente en dejar que, sobre él, se desarrolle, de forma espontánea o sembrada, una vegetación herbácea que puede ocupar toda la superficie del terreno o parte de ella y, además, hacerlo de forma temporal o permanente.

Cubierta vegetal sembrada de cebada en Finca Mayorita I (Rodezno)

Es una alternativa radicalmente opuesta a la clásica del ‘laboreo’ con la que lo que se pretende es remover el terreno con distintos tipos de aperos para mantenerlo limpio de malas hierbas y que éstas no compitan con las vides en lo que se refiere a agua y nutrientes.

En España, desde tiempo inmemorial (ya el emperador Justiniano prohibió plantar viñedo en terrenos frescos y fértiles donde el trigo era capaz de rentar en condiciones) el viñedo se ha venido asentando mayoritariamente en suelos poco profundos, pobres y secos con lo que parece obvio que el laboreo se impusiera como sistema de mantenimiento de suelo. Si a duras penas las vides eran capaces de sobrevivir en condiciones tan extremas, ¿como iba el viticultor a tolerar que en sus viñedos creciera ni una humilde chiribita?.

Obviamente, entre los dos extremos definidos por una cubierta vegetal total y permanente que supone mantener vegetación en toda la superficie del suelo y a lo largo de todo el año y un laboreo intensivo en el que el suelo está total y permanentemente desnudo (no hay más vegetal viviente que las propias vides), existen alternativas intermedias que permiten adaptarse a numerosas condiciones ambientales, de suelo y de cultivo. Así, a modo de ejemplo, podemos tener:

  • Una cubierta temporal: Normalmente se mantiene durante Invierno y Primavera cuando el agua en el suelo no suele ser un factor limitante. El resto del tiempo se recurre al laboreo.
  • Un sistema mixto: Consistente en dejar crecer vegetación sólo en una parte del terreno manteniendo la restante “limpia” mediante laboreo. Lo normal, en este caso, es hacerlo por calles alternas, es decir, en una hierba y en la otra laboreo.

Cubierta vegetal espontánea en Finca La Cuesta (Cenicero)

Y como suele ocurrir en otros aspectos de la vida, ningún sistema es perfecto y cada uno de ellos tiene sus ventajas pero también sus inconvenientes. “Depende”, que diría Ángel Suárez, nuestro enólogo gallego de Lagar de Cervera.

Por centrarnos un poco en el tema que nos ocupa que es el de las cubiertas vegetales, sus principales ventajas son:

  • Protege el suelo contra la erosión provocada por las escorrentías de las aguas de lluvia evitando arrastres de tierra y pérdidas de suelo. Esta es la razón por la que mantenemos con cubierta vegetal permanente nuestros viñedos de Rías Baixas (más de 2.000 mm de lluvia al año) y La Cuesta en La Rioja (plantación en ladera con fuerte pendiente).
  • Permite el tránsito de maquinaria y de personas en cualquier época del año y en cualquier circunstancia, incluso después de fuertes lluvias que dejarían intransitable un viñedo mantenido mediante laboreo tradicional. Ésta es la razón por la que mantenemos con cubierta vegetal temporal nuestro viñedo Las Cuevas (35 hectáreas) en Rodezno. Cuando llueve en abundancia lo usamos como “refugio” para no tener que interrumpir totalmente los trabajos en la zona.
  • En suelos fértiles y profundos donde el viñedo se desarrolla de forma extremadamente vigorosa, la competencia ejercida por la cubierta vegetal, que se “pelea” por el agua y por el nitrógeno con el viñedo, provoca que éste “baje los humos” y se desarrolle de forma más equilibrada. Esta es la razón por la que mantenemos una cubierta vegetal temporal a base de cebada en las hondonadas de nuestro viñedo Mayorita I en Briones.
  • Relacionado con el párrafo anterior, un desarrollo más equilibrado del viñedo inducirá la formación de racimos menos compactos y con bayas de menor tamaño que son factores, ambos, de calidad enológica. Además, en estas circunstancias, los racimos se desarrollarán en un microclima más favorable por estar rodeados de una vegetación no demasiado exuberante que permitirá una buena aireación y una correcta insolación. En esta tesitura el riesgo de podredumbre de la uva es mucho menor.

    Cubierta vegetal espontánea de Diplotaxis erucoides

  • Las especies vegetales que integran la cubierta vegetal sirven de refugio a numerosas especies de insectos y ácaros que depredarán sobre otras especies perjudiciales para el viñedo. Es, pues, una forma natural de mantener el equilibrio entre plagas y depredadores. En otras ocasiones, algunas plagas se asientan sobre la vegetación herbácea porque le resulta más apetecible que el propio viñedo quedando éste libre de sus ataques. Ejemplo de ésto es el de la araña amarilla que parece preferir parasitar sobre las malvas antes que sobre el viñedo.
  • Los viñedos mantenidos mediante cubiertas vegetales generan ecosistemas con mayor diversidad biológica que los mantenidos desnudos de vegetación herbácea. La consecuencia de ésto es clara: a mayor diversidad biológica, mayor capacidad tendrá el ecosistema para resistir frente a agresiones externas de cualquier tipo y nuestro viñedo será más sostenible.
  • Desde el punto de vista ambiental y paisajístico, la cubierta vegetal desarrollada sobre los viñedos aumenta la calidad de los mismos.

Cubierta vegetal espontánea en Lagar de Cervera

En cuanto a inconvenientes, pueden citarse varios, pero entre ellos, el más importante y el que impide que haya mayor superficie de viñedos mantenidos con cubiertas vegetales es el que se da, en ausencia de riego, en zonas con escasa pluviometría o con mal reparto de lluvias a lo largo del año. En estas circunstancias, la cubierta vegetal puede provocar una fuerte competencia por el agua e inducir un fuerte estrés hídrico en el viñedo que traiga consigo una producción de uva muy mermada tanto en cantidad como en calidad.

Y para ir terminado, comentaros que mi opinión personal es que, cuando se maneja una superficie de viñedo tan extensa como la nuestra, con parcelas ubicadas sobre distinto tipo de suelo y en condiciones climáticas y ambientales diversas, todo tiene cabida. Como en la paella (que me perdonen los valencianos). Lo importante es acertar con la decisión que se tome en cada situación.

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La conveniencia de tener un (buen) viñedo propio

Publicado en:
CICLO DE LA VID, FACTORES DE CALIDAD, LA VOZ DE LA FINCA, VENDIMIA, VINOS CHATEAUX
2/03/2017

Hace ya unos cuantos años que, en todas las bodegas del Grupo, apostamos por la idea de llegar a ser capaces de autoabastecernos de uva. Para ello iniciamos un plan de ampliación de nuestra superficie de viñedo, adquiriendo parcelas en zonas proclives a la calidad y plantándolas de vides. Pero, como no siempre se acierta, por el camino se fueron quedando algunos viñedos que no respondieron a las expectativas que en su día depositamos en ellos. Así, Melchorón, Los Llanos, El Soto, El Sotillo, y San Ginés se descolgaron del pelotón y pasaron a otras manos, quizás, menos exigentes.

¿Es una opción acertada esta del viñedo propio? Pues estamos convencidos de que la respuesta es afirmativa. Quizás no a corto plazo, pero a medio y largo, sí.

Nuestra (mi) reflexión es la siguiente:

Por su calidad y prestigio, para la elaboración de nuestros vinos no necesitamos “uva”, necesitamos UNA UVA DETERMINADA con nombre propio. “A tal señor, tal honor” se suele decir. Pues, de igual manera… “A tal vino, tales uvas” o viceversa, que también serviría el dicho.

En ocasiones la Uva que necesitamos no abunda en el mercado de manera que, la forma de asegurarnos nuestro aprovisionamiento, es tratar de producírnosla en nuestros propios viñedos. Y digo tratar porque, aunque siempre lo intentamos (por nosotros y por la Casa que no quede), no siempre lo conseguimos. En ocasiones hay factores adversos que pueden conducir a que el trabajo, el gasto y la uva (cantidad y/o calidad) de todo un año se vayan al garete. Es un tremendo fracaso pero suele ocurrir.

El objetivo que nos planteamos es que, en nuestros viñedos, estas situaciones solo se den por factores que resulten totalmente incontrolables o azarosos ya que, si el resto de circunstancias somos capaces de gestionarlas con acierto, estaremos en mejores condiciones que el sector de producir uva, pero esa Uva con nombre propio que es la que necesitamos.

Si analizamos el asunto desde un punto de vista puramente económico, el negocio es, en ocasiones, escasamente rentable (vamos, que puede no ser ni negocio) ya que, con frecuencia, los costes de producción que soportamos superan a los precios de la uva en el mercado. 

Pero lo anterior ocurre cuando hablamos de una uva genérica, sin más. Cuando nos referimos a Uva, a esa con pedrigrí, a esa que, por su alta calidad, escasea y que, por consiguiente, se acaba convirtiendo en un bien escaso, codiciado y, por ende, económico, la cosa cambia y los costes de producción propios se llegan a asimilar a los precios de mercado resultando, así, más asumibles.

Este es el objetivo y el gran reto que nos hemos planteado al apostar por el autoabastecimiento de uva: ser capaces de producir un fruto que, en condiciones normales, se encuentre difícilmente en el mercado y que por sus características convierta a nuestra viticultura en una parte del negocio del vino notablemente rentable.

En ello andamos y, para ello, no se escatima en recursos.

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